EXPOSICIÓN ACTUAL
Francisco Peinado

Acción nuclear
Viernes, 16 de diciembre de 2016 a partir de las 21.00 hs.
del 16 de diciembre del 2016 al 18 de febrero de 2017

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Sería fácil buscar en Goya la punta del hilo que nos trae a Francisco Peinado. Pero para saber desde dónde llegan estas pinturas que son visiones, y por lo tanto imágenes soberanas, desgobernadas, desatadas de las retenciones y reprobaciones de la conciencia, se hace preciso recalar en aquellas décadas que, situándonos entre Kant y Baudelaire –con Füssli, con Goya entre ambos-, consiguen dar a la facultad de imaginar las libertades y suficiencias de las que se proveerá la pintura moderna. Mirando estas pequeñas maderas de Peinado –estos pecios a los que se aferra el náufrago ante sus propias apariciones-, estas lecciones de antropología que se descubren en los lienzos dramáticos y sumamente realistas de este artista pletórico de aguijones, me da por protegerme leyendo a Kant, sus cursos sobre Antropología en sentido pragmático, dictados en los mismos años sucesivos en los que Füssli pinta siete versiones de La pesadilla, y es este filósofo tan analítico el que nos vuelca –suele ocurrir- al abismo del que persigue apartarse: “Los vicios de la imaginación son: que sus ficciones sean ya simplemente desenfrenadas, ya absolutamente desarregladas (effrenis aut perversa). Este último yerro es el peor. Las primeras ficciones pudieran, en efecto, encontrar su puesto en un mundo posible (de la fábula); estas últimas en ninguno, porque se contradicen”. Kant buscaría todavía el cobijo de la ficción y sus posibles; Goya rompería las reglas condenado a espantarse los fantasmas. 

Peinado nos balancea entre estas dos índoles de lo imaginario: entre los excesos y las incongruencias, entre lo desmedido y lo disparatado. Y, sin embargo, ni son fábulas ni son fantasías. Son imágenes pertenecientes a un realismo dolorido –como todos, si lo son-, cuya voluntad principal no es inventar sino exorcizar. Y no lo hace queriendo comunicarse –o sea, banalizarse-, sino sacarse de sí lo que se le impone sin saber lo que es. Pinta sin tregua, sin método, sin reservas ni reparos, sin estrategias de promoción con su nombre, sin complacencias estetizantes. Bastante tiene con sacarse de sí las entrañas de su propia imaginación como para preocuparse de tener que gustar. Por cierto, ya Kant decía en la Crítica del juicio lo que podríamos decir de Goya o de Peinado: crear no conjuga con gustar, ni con esa insulsez de querer compartir o comunicar. Peinado, encerrado –o enterrado- en la Quinta del Sordo, practica conjuros íntimos. Los de Peinado, los de Goya, son fantasmas invocados en soledad. En su Ensayo sobre la visión de los espectros, Schopenhauer diferencia los temores solitarios de aquellos otros que nos sobrecogen mientras se comparten. El protagonista claustrofóbico de El Horla o el Antoine Roquentin de La náusea, o este maestro en extrañamientos que hoy nos llega a la sala de Javier Marín, ven lo que ven porque están solos como a sabernos solos nos enseñan el dolor y el miedo a vernos. El taller del pintor –con tanto como tiene de gruta de san Antonio- es lugar, aislado, de conjuros y liturgias con los que capturar, con formas atolondradas, las extrañezas que pueblan el interior de lo ordinario.

Recorriendo estas estaciones de vía crucis, estos ex–votos que nada agradecen, estos motivos de vanitas omnipresentes, una bañera con burbujas antropomórficas, cuerpos yacentes con pajarracos acechadores, cierta chinche agigantada, ciertos paisajes y ciertas noches, me encuentro con Peinado donde se hallan los espectros de Odilon Redon. Ahí está Peinado, en esa modernidad que se arroja a la inquietud oculta en las cosas –el falsamente apacible Bodegón con flores de 2012 se acerca a los simbolistas belgas como se acerca a los metafísicos italianos-; que se yergue sobre los aguijones de la lucidez evitando los estériles consuelos de los formalismos.

Sostenidas en la potencia de extrañamiento del propio artista consigo, estas imágenes, afanadas en escarbar y extraer lo que no se cuenta (muestran lo que no se dice), nos arrojan a la intemperie de lo que veníamos nombrando y dominando. Quedan irreconocibles, también irremediables. Como la mismísima realidad, a la que –a la vez- tan poco y tanto se parecen.

   

Luis Puelles


Maria Vera

Luz silenciosa
Viernes, 9 de diciembre de 2016, a partir de las 20.00 hs.
del 9 de diciembre del 2016 al 11 de febrero de 2017

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“Así que hay en las cosas, además de las cualidades elementales que conocemos en ellas, ciertas virtudes que le son naturales y que admiramos, y de las que nos asombramos de no poseer el conocimiento, y de haberlas visto rara vez, o nunca”.

Cornelius Agrippa, Filosofía oculta.

 

“Vemos las cosas sólo tal y como estamos construidos para verlas y no podemos formarnos una idea de su naturaleza absoluta. Con cinco sentidos pretendemos comprender el cosmos en su infinita complejidad...”.

“Existen mundos enteros de materia, energía y vida que se encuentran al alcance de la mano pero, pese a todo, jamás podrán ser detectados con los sentidos que tenemos”.

H. P. Lovecraft. Del más allá.

 

1.

Etimológicamente lo que está “oculto” es algo escondido, velado, rodeado de sombras, que no pertenece al rango de lo visible, que la mirada no puede captar. Es algo que por ello está fuera de nuestro conocimiento, de ese mundo-para-nosotros[1], que es aquel que podemos discernir; hacer inteligible a nuestro entendimiento. La naturaleza posee un mecanismo que funciona así, en una tensión latente entre el aparecer y el desaparecer, la osadía y la timidez, que se desvela a medida que somos capaces de perfeccionar instrumentos y modos de pensar que nos acercan a ella. No obstante, siempre hay regiones que permanecen en la oscuridad, en la negritud del día, una concepción que hace obsoleta un acercamiento a estos fenómenos a través de la mirada, de la observación directa, poniéndose en suspenso este sentido primordial.

2.

La idea de negritud, en cuanto a límite de la mirada, substrae la concepción de lo humano acercándolo a un mundo espectral y especulativo, donde el perfeccionamiento de otros sentidos es indispensable para encauzar nuestro vínculo con la naturaleza. Es de cultura popular, que aquellos incapaces de ver -ya sean personas, animales o plantas-, son capaces de desarrollar una manera distinta de relacionarse con el mundo mediante el perfeccionamiento de otros sentidos. Así, los humanos invidentes tienen un oído más afinado que les permite una relación con lo natural a través del sonido, que se convierte en su modo de entender el mundo. La resonancia es la vibración del sonido, algo así como una luz silenciosa que pertenece a las cosas, incluso a aquellas inanimadas. Este término, desarrollado en el taoísmo, puede traducirse como una especie de alma inherente a las cosas que se traduce en ondas electromagnéticas que podemos percibir pero no explicar, quizás porque lo hacemos a través de cualidades instintivas que no controlamos y que quedan alojadas en el inconsciente[2].

3.

Una manera chamánica, inconsciente, de acercarse a estos fenómenos o cosas es el acto artístico  -acto poético- que, a priori, muestra un amplio rango especulativo. De esta manera, la relación entre el sujeto y el objeto estaría mediada a distintos niveles entre la razón y la sinrazón -un acercamiento a lo desconocido que no se puede explicar, pero que se puede intuir a través de una resonancia, una relación entre las cosas que surge de manera poética-. El acto artístico corporiza tan sólo una parte del todo, hace emerger un fragmento de lo desconocido -situado más allá del límite de lo humano- dentro del mundo que somos capaces de pensar. 

4.

Esta noción relativa a lo desconocido parece estar oculta en la serie Resonancias, desarrollada por María Vera, que supone una radicalización de la idea de naturaleza y de paisaje en sí. Si en Physis kryptesthai philei, la relación con la naturaleza se hace patente en la tensión inherente a ésta -entre el aparecer y el desaparecer relativa a la mirada- sus resonancias provocan una ruptura radical con este sentido convirtiéndolas en una especie de agujeros negros capaces de absorber la luz de la sala; una instalación sonora inaudible. Es como si la tensión existente en el bajo contraste de sus pinturas tornara por algún motivo en una imposibilidad de visión de la naturaleza, derivando la representación -de las pinturas- en un imagen ciega y sorda al mismo tiempo -los monotipos-, ausente en cuanto a luz y sonido.

5.

Luz silenciosa es un acercamiento especulativo a la idea de paisaje cósmico, en cuanto a relación límite con lo humano; se sitúa en una tensión entre los sentidos de la mirada y lo audible, y transgrede la propia naturaleza. Supone una aproximación a lo oculto que puede llevar irremediablemente a la nada; un mundo no humano consecuencia de una crisis existencial que cuestiona el lugar y el papel de los individuos a la luz de la ciencia, la tecnología, el capitalismo y las guerras mundiales.

 

Javier Bermúdez

 


[1]Thacker, E. En el polvo de este planeta. Materia Oscura. 2016.

[2]Racionero, L. Textos de estética taoísta. Alianza Editorial. 2008.

 

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