Una de las ratas del laboratorio Ratner se negó a comer un día y comenzó a dar muestras de una enfermedad desconocida. Saltaba como loca por encima de las demás, mordía a los cuidadores y enroscaba la cola formando barrocas figuras.
A la semana, daba signos de flaqueza y uno de los ayudantes la extrajo de la jaula para examinarla. Parecía dormida. La posó encima de su escritorio y, primero con asombro y luego con estupor, la vio erguirse sobre sus dos patas traseras, plegar las delanteras y pronunciar estas inesperadas palabras: Vanidad de vanidades. Todo es vanidad. Atónito, corrió en busca de otros colegas que asistieron nuevamente a la puesta en escena de la rata. Willard, el director del laboratorio, no tardó en aparecer atraído por el bullicio de sus subordinados. Nadie se explicaba lo sucedido, a pesar de la índole de los experimentos con fármacos a que se había sometido al animal. Pronto, una brillante becaria aportó la solución al misterio. Una edición de bolsillo del Eclesiastés cuyas páginas centrales aparecían devoradas.
El curso del experimento, siguiendo instrucciones del consejo de dirección, se modificó de inmediato. La rata de Ratner fue separada de sus semejantes e instalada en una espaciosa jaula de vidrio con una dotación extra de alimento y agua. Diariamente, sin atenerse a ningún criterio estricto, los miembros del laboratorio le proporcionaban libros diversos a fin de obtener un resultado similar.
El desorden de las entregas era tal que resultaba imposible, en muchas ocasiones, entender de dónde procedía la cita exacta que la rata, erguida sobre sus dos patas traseras, entonaba una vez tras otra ante la pasmada audiencia científica que la observaba como a un fenómeno de feria. Recuerda lo esencial, la puerta está abierta. Ahora conozco en parte, pero después conoceré como ahora soy conocido. En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Se sucedían interminablemente los recitados de la rata metafísica, como habían empezado a denominarla para distinguirla de sus mefíticos congéneres, a medida que se acumulaban los libros en el entorno de la jaula, aguardando turno para ser ofrendados al apetito voraz de la rata. En el principio, fue el verbo. En verdad, sólo somos sombras. Incipit parodia. Impacientes, los miembros del laboratorio sólo aguardaban el milagro que desde arriba se les había prometido como fin de la experiencia. En el fondo, admiraban en la rata filósofa lo que eran incapaces de admirar en ellos mismos. El momento en que el animal comenzara a hablar con sus propias palabras.
El instante trascendental en que la rata expresara el auténtico pasmo de ser rata y la revolucionaria perspectiva de la rata sobre los animales parlantes que la sometían a tales torturas. Con ese fin, incrementaban la dosis de lecturas a cada hora que pasaba, deseosos de culminar un experimento que comenzaba a cansarlos y a la rata convenía alargar por las excelentes condiciones de vida que iba conquistando gracias a su talento inusual. Pero un día el reluciente roedor se irguió sobre sus dos patas, enroscó la cola y guardó silencio. Un silencio escalofriante, luctuoso. Otro día vomitó de inmediato tras devorar la primera página de Josefina, la cantora. Más tarde repitió la misma frase (El yo es una ilusión. El pueblo no existe. Dios tampoco) incontables veces, sin alterar su enfática dicción. Como ebria, mezclaba o mutilaba los textos sin ningún sentido aparente, según Willard, el director del laboratorio. Vemos ahora por espejo, en oscuridad; después veremos cara a cara. Picnic, lightning. Lycaeides sublivens Nabokov. Finalmente, tras varios ensayos fallidos e intentonas absurdas de forzar su elocuencia, se negó ya a abandonar la jaula.
Dejó de alimentarse y rechazó los libros. Dormía todo el tiempo. Como hipótesis de su anómala conducta alguien, quizá la abrumada becaria, señaló hacia los restos carcomidos de una edición alemana de la Carta de Lord Chandos ocultos tras otros volúmenes mordisqueados al azar. Viéndola vencida y esquelética, otras ratas ambiciosas comenzaban ya a postularse como candidatas a sustituirla en la lujosa jaula. Desalentados por su silencio y pasividad, los científicos dejaron de servirle libros y alimento. Después le suprimieron el agua. Al poco, la rata de Ratner murió de inanición sin haber vuelto a tomar la palabra.
No fue la primera, según se supo después, pero tampoco la última. Subsiste en algunos artistas (Aaron LLoyd es uno de los más brillantes) el secreto deseo de que las ratas les transmitan su visión descarnada de la existencia humana. Como no ocurre así por ahora, se limitan a asumir, alzando la cola y exhibiendo los dientes, el punto de vista o el devenir de la rata. |