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Carlos Aires & Pepo Ruiz Dorado
Soy el novio de la muerte
Aires de guerra, vientos Dorados


Como artista plástico y no como oftalmólogo, AIRES nos invita a una paradójica operación de cataratas. El velo que impide el paso de los rayos de la luz, o la opacidad que recubre el cristalino y enturbia el humor del ojo, se trasladan a las imágenes del horror que desfilan en pantalla como una secuencia apenas visible. Asaltos armados y saltos al vacío, torturas y ejecuciones sumarias, saqueos, atentados, bombardeos, ametrallamientos.

Nuestra morbosa ración diaria: paisajes de una guerra total y catástrofes multiformes. Uno de los videntes invidentes cuyo doloroso comentario ilustra en off el desfile visual describe así su estado: “Nada. Pienso en la ausencia de luz, de color, de oscuridad. La posibilidad de mirar algo y ser incapaz de verlo, como si fuera invisible. Como si no estuviera allí”. Instrucciones para ver el horror televisivo: desposeerlo de su impresión epidérmica, despojarlo de su gran cinematografía de efectos especiales orgánicos, imponerle una telilla que difumine lo superfluo y ponga de relieve lo esencial.

La complicidad inevitable de todos los que contemplamos esa catarata de imágenes en tiempo real o diferido con la enfermedad que transmiten como el mal de ojo. El veneno anímico que irradian podría cegarnos para siempre, pero debemos seguir mirándolas, contra toda censura, como a un jeroglífico de la conciencia contemporánea. Apagado temporalmente el televisor, el ámbito privado sirve de refugio contra el horror embozado de esta pandemia ocular. Paredes colmadas de iconos populares y mitos mediáticos donde nuestro imaginario y nuestro deseo más íntimo se entrelazan con la fijación colectiva de ambos en una intersección a menudo insatisfactoria.

La fama o la celebridad como formas obscenas de la fantasía individual consumadas en público. Más al fondo, sin embargo, nos aguardan las instantáneas embellecidas de la memoria y su inmersión en la luz filtrada de la nostalgia. Un día fuimos felices en esos parajes mentales impregnados de la magia del encuentro azaroso de nuestro cuerpo con otros cuerpos, de nuestra carne con otra carne, de nuestros miembros con otros miembros. La ausencia domina ahora esas escenas del mismo modo que otros las ocupaban antes con su presencia furtiva. Nada queda ya en esas imágenes idílicas de aquellos idilios clandestinos, los placeres prohibitivos, excepto la voluptuosa coloración del deseo reactivado, la intensidad del contacto todavía posible entre cuerpos que se desconocen y parecen pertenecer a tiempos distintos.

Estos escenarios vacíos del pasado o del porvenir (el deseo anula al repetirse toda diferencia cronológica) se presentan como puros decorados pasionales. Desnuda celebración del lugar, enmarcado ornamental del marco amoroso. La paz o la calma (simulacro de paz o de calma, más bien) las aporta un viento luminoso y cálido, una ráfaga dorada que sopla entre las ruinas del deseo satisfecho y también del horror insuperable como para disminuir la fiebre o atenuar el dolor tras el largo viaje a través de este mundo devastado.

Las impresiones textiles de DORADO nos devuelven a la condición de espectadores transferidos al otro lado de la pantalla común, donde el cojín de nuestro asentamiento se transforma en moroso espectáculo de nuestro asentimiento moral. Actores sentimentales de un guión ajeno que se desdobla en mil y una posibilidades de encuentros, roces, besos y caricias, arañazos, raspaduras y heridas.

Placeres secretos que la memoria solitaria preserva en metáforas de la metamorfosis, mariposas bordadas en hilo de su propio capullo cromático, o cifra en imágenes antagónicas de pistolas y floraciones sexuales, disparos de amor y brotes jubilosos. Y, sobre todo, encarna en esa construcción acogedora y frágil, esa casa estrambótica de telas estampadas donde parecería reinar la hospitalidad carnal de los amantes y también acecha la ambigua presencia de la muerte. No obstante, los novios no la temen y se complacen en invitarla a la boda como testigo de su promesa vital. Sí quiero poseerte. Nada podrá separarlos ya.


 
 
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Biografía
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