Seis proposiciones sobre la luz y los cuerpos
JUAN FRANCISCO FERRÉ
1. ¿Para qué sirve la luz sino para recordarnos todo lo que no vemos? ¿Para qué sirve una escalera? O, con más precisión, ¿por qué usar una escalera cuando se tiene un ascensor a mano? ¿Para ver la luz? ¿Para escrutar el régimen de la opacidad, la posibilidad de ver o la potencia de la visión? ¿Para configurar una altura, un punto de elevación, desde el que aprehender la génesis o los accidentes de la luz? ¿Para ascender sin vértigo hasta el nivel de la visión, la luz misma o el ojo imaginario que todo lo ve?
2. Tenemos un desnudo (o varios) y una escalera. Una escalera es una escalera, parece decirnos su constructor, Carlos Schwartz. Esto, sin embargo, no es una escalera sino una escala hacia la luz. Tampoco tenemos aquí un desnudo subiendo o bajando una escalera. Tenemos un cuerpo (o varios) subiendo y bajando en ascensor. Tenemos un bucle (o varios) con cuerpos subidos en un ascensor. Y tenemos un ascensor que hace su trayectoria ascendente simultánea a su trayectoria descendente. Esto es una buena definición del movimiento. Subir y bajar: encumbrarse o degradarse. Tenemos un móvil físico para ese doble movimiento. Un cuerpo, ascendiendo y descendiendo, mecánica cáustica, mezclándose con otros cuerpos ocasionales. Entre tanto, el cuerpo protagonista, ese mismo al que se dirigen los versículos inscritos en neón por Schwartz, ese cuerpo que encarna el verbo con plena conciencia, ese mismo cuerpo, en efecto, somete su carne a todas las transfiguraciones del simulacro tras un proceso de feminización del espacio público patriarcal.
3. El ascensor es ahora el escenario ideal de todas estas imposturas mediante las que el ego finge abrazarse a la alteridad. Me llamo Alma Mater. Me llamo María de Nazareth. Me llamo Madre Coraje. Me llamo (con toda la ambigüedad posible) Madonna Ciccone. En el origen ya soy una imagen desdoblada, un icono reversible. Yo soy la que soy. Yo soy yo y mis perfor(m)aciones. Todos los nombres femeninos de la historia soy yo. La historia es este ascensor antiguo que circula por el tiempo cíclico para que yo pueda asumir esas máscaras femeninas una y otra vez: la virgen, la puta, la madre, en todas sus reiteradas (per)versiones. Para que yo pueda representar al infinito este juego teatral en que el yo deviene otro sin dejar de ser un enigma para sí mismo.
4. ¿Por qué ser sólo yo y no todas las otras? ¿Por qué ser otra cuando puedo ser sólo yo? Otra imagen, otro artificio, una versión o diversión de lo mismo. De mí misma. Mi desnudez es un espejo en el que contemplo lo que no soy mientras me hago la gran pregunta de Warhol: ¿Qué ve un espejo cuando mira a su reflejo? Yo soy Irene Andessner. Y afirmo no poder ser otra cosa, aun cuando la falsedad se apropie de mi imagen cada vez que pretendo hablar en primera persona del singular, identificarme con mi nombre propio. Tomarlo en vano por algo propio. Sólo el espejo, como esta habitación impersonal donde consigo ser lo que no soy, lo que verdaderamente soy, sólo este espejo conoce mi secreto más íntimo. La gran actriz que soy cuando me deshago de mí misma para hacerme imagen de las otras (son tantas). Lo que soy cuando no soy, o sólo soy una imagen narcisista reproducida en todos los espejos: cuando me recreo desnuda, despojada de todo artificio, excepto la peluca rubia que me transforma en una muñeca fantástica, el fetiche de mi deseo. Toda autenticidad es falsa, me digo entonces. Un espejismo o una impostura. Yo no soy yo.
5. Volvemos al principio. La luz irradia de todas partes, como en un teatro privado, surge del cristal de los espejos, las pantallas, los neones, los fluorescentes y los luminosos, para proyectarse sobre este cuerpo que se ofrece al sacrificio de su identidad. Este cuerpo que se hace otro, o de otro, o de su mirada, a través de los signos de otros cuerpos. Cuerpos espectrales que impone al suyo con el ritual del artificio. El disfraz y el maquillaje fabrican la imagen del otro en el cuerpo del mismo. La imagen cuadruplicada que se expone a los efectos de la luz. La imagen exaltada o degradada, la imagen ambigua del cuerpo que asciende como objeto a la gloria del arte o desciende como mercancía a la infamia del consumo. El cuerpo que se prostituye. El cuerpo que se diviniza. El cuerpo glorioso que se vende a la mirada lasciva del espectador para ser por un momento la imagen sublime (o sólo sublimada) del deseo que nadie recordará cuando acabe el espectáculo.
6. ¿Para qué sirve un ascensor sino para escenificar el ascenso y caída de un cuerpo en el mundo histórico de los signos sociales? ¿Para qué sirve una escalera sino para ascender a la contemplación de esa imagen primigenia que reniega de cualquier semejanza? ¿Para qué se extingue la luz al final de la representación sino para efectuar la promesa de una resurrección mundana del cuerpo y sus múltiples metamorfosis?
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