8 de junio al 28 de julio de 2007
Inauguración: viernes 8 de julio, 20:00h
Horario: L -V: 11:00 a 13:30 h. y 18:00 a 21:00 h. S: 11:00 a 13:30 h.
El nacimiento del arte, en efecto,
señaló la consumación
física del ser humano.
GEORGES BATAILLE
D E M O N L O V E R
Visitar los retretes públicos en estaciones de autobús y de tren, en
aeropuertos, cines y centros comerciales se había convertido para
C. en una necesidad más que un hábito, un juego transformado en
pasión, desde que descubrió los hechos y desechos de un artista
anónimo (firmaba sólo MS) que los decoraba con imágenes evacuadas
más que pintadas o dibujadas. Imágenes que parecían salir de los
orificios más íntimos de una anatomía que C., dadas sus preferencias y
deseos, imaginaba masculina. C. se complacía en el regalo o donación
involuntaria que el pintor inmoralista le dedicaba en cada WC que
visitaba, sobre todo en los consagrados a la fisiología viril, donde se
adentraba con desparpajo sabiéndose justificada. No sabía por qué,
pero cada vez que salía de uno de esos servicios, desafiando con
insolencia la mirada reprobatoria de unos y la insinuación cómplice
de otros, C., como espectadora que persigue las obras que la excitan
hasta donde haga falta sin miedo ni vergüenza, se sentía mucho más
transgresora y valiente que el artista que aprovechaba su estancia
pasajera en esos lugares públicos para dar pruebas de su existencia
mientras la inexistencia se abre paso a través de sus conductos más
íntimos. Durante días, primero, y luego semanas y meses, C. acechaba
en cada cubículo inmundo en el que la necesidad la obligaba a penetrar
como en un santuario sacro, una gruta paleográfica donde la mano
incontenible del artista había impreso signos de su paso humillante
por el mismo ritual, la presencia de esa iconografía caricaturesca, esas
figuras obscenas y deformes que constituían una suerte de genealogía
grotesca de la especie humana realizada en la época de mayor visibilidad
de nuestra inmadurez e inhumanidad.
Al principio, con la minifalda alzada sobre los muslos y las bragas
anudadas a los tobillos, contemplando la obra recién descubierta en la
pared o en la puerta, trataba de emular los trazos apresuradamente,
mientras oía fuera con nerviosismo el ir y venir de otros usuarios del
opresivo lugar. Después empezó a fotografiarlas con el móvil, teniendo
siempre la sensación de que el artista MS debía imaginarla así, rendirleesa última forma de homenaje, ocupando con las imperiosas necesidades
de su cuerpo esbelto un cubículo para hombres, acomodada sin ningún
complejo ni temor en la taza del váter, con el diminuto teléfono prendido
de una mano y quizá también un trozo de papel enarbolado en la otra.
Todas esas imágenes, de un modo u otro, como si fueran el espejo
despedazado del cuento, le devolvían una imagen de sí misma que C. se
había pasado muchos años negando. Una imagen que coincidía con sus
fantasías más febriles o sus deseos más urgentes.
Alguna vez, cuando al entrar en el servicio de caballeros, no sin
experimentar la ironía eufemística de la anticuada denominación, se
encontraba con un usuario atolondrado y solitario, más o menos joven
de lo esperado, mirándose en el espejo para ajustarse los pantalones
y la camisa, peinarse o lavarse las manos, C. lo invitaba de un modo
directo a acompañarla al cubículo. Para su sorpresa, no siempre, a pesar
de su atractivo y juventud innegables, lo conseguía. En las ocasiones
en que sí conquistaba a esas piezas de una masculinidad sorprendida
en flagrante intimidad, con los pantalones bajados, descubriendo su
vulnerable identidad, C. podía gozar del placer supremo de apropiarse
de esa palpitante desnudez mientras descubría una nueva obra de su
artista favorito, una conjunción impensable que la hacía descargar de
un modo nuevo, como si el orgasmo se tornara permanente y también
doloroso a causa de esa prolongación indeseada. Otras veces era el simple
descubrimiento de otra obra el que desataba la memoria de esos instantes
furtivos en que el instinto se volvía estético sin perder nada de su salvajismo
y sensualidad. La mano deslizándose vientre abajo, la mordedura del
labio inferior, los ojos abiertos, la electrocución del goce… Durante esos
excitantes meses, C. se consideró la mujer más satisfecha del mundo.
Cuando después de estériles exploraciones en los escenarios
habituales descubre que el artista MS ha desaparecido, consumido por
alguna de sus más diabólicas creaciones, o cambiado de ciudad con
el fin de satisfacer a otros espectadores, sin importar el sexo, C. cae
en una aguda depresión, un desánimo del que hasta entonces, por
temperamento, se creía incapaz. La idea de seguir viviendo, en el sentido
que ella da a esta palabra, le parece insoportable sin la posibilidad de
encontrarse de nuevo con esas imágenes desfiguradas que le devuelven
un reflejo de sus visiones e intuiciones más secretas. Para no renunciar
a su búsqueda del admirado artista, C. se anuncia en Internet con la
intención al menos de encontrar a alguien que, desde otra ciudad
o país, corresponda a su obsesión. No recibe ninguna respuesta.
Finalmente, C. se decide a crear, usando como documentación sus
propias versiones o perversiones del original y las fotografías del móvil,
almacenadas ahora en la memoria de su ordenador portátil, un catálogo
parcial y limitado de las obras que había encontrado en su búsqueda
frenética a lo largo de ese tan intenso período de su vida.
He aquí una muestra representativa de las entradas de ese inventario
virtualmente interminable.
POR SUS OBRAS LO CONOCERÉIS
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