Cuando Zeus ordenó a Hefesto que mojase arcilla con agua y modelase una mujer núbil, a la que Hermes le otorgaría la vida, ignoraba que muchos siglos después José Seguiri crearía La Suite de Calipso. El mágico ceremonial de esculturas al óleo y de corpórea terracota en deleite blanco, modeladas por el acreditado talento de un artista que le imprime a sus obras la espontánea sensualidad de una belleza lúdica y expresivamente carnal. Lo cual consigue Seguiri al conjurar lo minoico y lo clásico con el dominio del dibujo de líneas escultóricas que recuerdan a Ingres, la herencia depurada de Picasso, Balthus y Maillol con su personal poética del gesto en movimiento, para lograr la extraordinaria fuerza comunicativa de un diálogo entre la estética de la levedad, el equilibrio y el volumen. La tríada de la que Seguiri hace surgir la fascinante evanescencia y el aliento alegórico de unas hermosas piezas de asombrosa naturalidad, de superficies de calidades suaves que expresan a la vez un sugestivo lirismo y una sutil ironía hedonista.
Así lo demuestra la excelencia del conjunto de piezas que reúne mujeres grávidas y volátiles en su entrega al divertimento de un juego erótico, con Cupidos, Eros y amantes, en el que los cuerpos se alargan para ocupar los sentidos del otro, igual que se arquean ante las caricias poseídas o por poseer, otorgándole corporeidad al dionisiaco cortejo y a la iniciación abierta a la exaltación de la vida. También destacan, por su brillantez formal y sus resonancias simbólicas, los lienzos donde se reflejan el engarce y el tempus fugit de los volúmenes amatorios y la evocación mítica de lo heroico. Por eso ahora, cuando tú observas los armónicos volúmenes femeninos, las heroicas cabezas de dimensión arquitectónica y totémico enigma, tienes la extraña sensación de que desprenden el susurro del roce anterior de la ficción de su piel y que la relación que muestran, ante un acontecimiento, son en realidad una secuencia que insinúa una próxima acción que oscila entre lo idílico, una movediza sensualidad y un travieso erotismo.
Tal vez por esa asombrosa vitalidad anímica, insuflada por la sensibilidad y el talento artístico de Seguiri, no es extraño que muchos crean que cuando el ojo público no escrute las piezas, cuando la galería cierre o regresen al estudio del artista, las esculturas retomarán en libertad su juego engarzado al deseo y a la vida.
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